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| El tren desbocado de la economía mundial El autor es profesor de Economía y Políticas públicas en la Universidad de Harvard, y fue economista en jefe del FMI. CAMBRIDGE - La economía global es un tren desbocado que está reduciendo su velocidad, pero no lo suficientemente rápido. Eso es lo que el extraordinario aumento de los precios del petróleo, los metales y los alimentos nos está gritando en la cara. El espectacular e histórico auge económico global de los últimos seis años está a punto de llegar a un abrupto fin. Lamentablemente, nadie, y ciertamente no en Asia ni en los Estados Unidos, parece dispuesto a tomar el toro por las astas y ayudar a diseñar la retirada, que necesariamente debe ser un esfuerzo coordinado, para volver a un crecimiento sostenido por debajo de la tendencia, lo cual es necesario para que los nuevos suministros de productos básicos y sus alternativas puedan ponerse al día con la demanda. En lugar de ello, los gobiernos tratan de prolongar con garras y uñas auges insostenibles, empujando más aún los precios de los productos básicos al alza, y elevando el riesgo de que se produzca un caos financiero y económico sin precedentes. Todo este asunto no tiene por qué terminar horriblemente, pero las autoridades de la mayoría de las regiones tienen que comenzar a poner un buen pie en el freno, no en el acelerador. Buscar liderazgo en Estados Unidos en un año de elecciones presidenciales es una tarea sin sentido. Por el contrario, el gobierno de Estados Unidos ha estado entregando cheques de descuento a los impuestos para que los estadounidenses compren hasta que les dé infarto, y ahora en el Congreso se habla de prolongar la fiesta. Tampoco hay que buscar en los mercados emergentes. Desesperados por sostener su boyante ritmo político y económico, la mayoría ha adoptado una amplia variedad de medidas para evitar que sus economías sientan todo el golpe de las alzas de los precios de los productos básicos. Como resultado, éstos son absorbidos por colchones fiscales en lugar de limitar la demanda. Me deja perplejo el que tantos supuestos expertos parezcan pensar que la solución es que todos los gobiernos, tanto ricos como pobres, entreguen todavía más cheques y subsidios para que el auge siga. Las políticas de estímulo keynesiano pueden ayudar a reducir las dificultades de países individuales que actúen por separado, pero si cada país intenta estimular el consumo al mismo tiempo, las cosas no van a funcionar. Un aumento general de la demanda global no hará más que reflejarse en un alza de los precios de los productos básicos, con pocos efectos útiles sobre el consumo. ¿No es acaso obvio? Sí, hay todavía una crisis financiera en Estados Unidos, pero avivar la inflación es una manera increíblemente injusta e ineficaz de enfrentarla. Algunos banqueros centrales nos dicen que no hay que preocuparse, porque serán mucho más disciplinados que los bancos centrales de la década de 1970, cuando el mundo enfrentó un alza similar de los precios de los productos básicos. Sin embargo, esta vez es diferente. El problema de los precios de los productos básicos ha persistido tercamente, a pesar de las importantes reformas institucionales en las políticas macroeconómicas en todo el mundo. El arribo histórico de nuevos participantes en la fuerza de trabajo global, cada uno aspirando a estándares de consumo occidentales, simplemente está empujando el crecimiento global más allá de lo que se puede considerar seguro. Como resultado, las limitaciones a los recursos básicos que antes esperábamos enfrentar a mediados del siglo veintiuno nos están afectando ahora. Espere un segundo, podría usted decir. ¿Por qué nuestras economías de mercado maravillosamente flexibles no pueden adaptarse a estos problemas? ¿Los altos precios no deberían hacer que las personas sean más cautas en su consumo y busquen nuevas fuentes de oferta? Sí, y eso fue lo que terminó ocurriendo con la oferta de energía en los años 80. Pero el proceso toma tiempo y, debido al creciente peso de economías de mercados emergentes y relativamente inflexibles en el consumo global, probablemente el ajuste demore más que hace unas cuantas décadas. Los exportadores de petróleo y China han representado dos tercios del crecimiento global de la demanda de petróleo en los últimos años. Los consumidores de los países ricos están respondiendo a los mayores precios de la energía, y esto ayuda. Por ejemplo, en los últimos seis meses, la ciudad de Nueva York ha tenido una reducción de quizás un 5% de los vehículos privados que entran a la ciudad. Los embotellamientos sin posibilidad de movimiento han disminuido y, en estos días, casi es posible recorrer la ciudad en automóvil. Sin embargo, la respuesta es más lenta en casi todo el resto del mundo. Ciertamente, no se ha hecho más fácil circular en automóvil en lugares como São Paulo, Dubai y Shanghai. Por una variedad de razones, la mayoría relacionadas con la intervención gubernamental, de pocas economías de mercados emergentes se puede decir que tengan una demanda flexible de los recursos, de modo que las alzas en los precios de los productos básicos no están teniendo un efecto particularmente importante sobre la demanda. Los banqueros centrales que nos dicen que no nos preocupemos por la inflación apuntan a la relativa estabilidad de los salarios. Por lo general, las expansiones comienzan a contraerse cuando la mano de obra se vuelve demasiado escasa y costosa. Sin embargo, la expansión actual es excepcional en cuando a que, debido a circunstancias únicas (en la era moderna), las limitaciones de la mano de obra no son un problema. Por el contrario, la fuerza de trabajo global eficaz no hace más que crecer. No, esta vez los recursos básicos son la principal limitación más que un problema secundario, como lo eran en el pasado. Por eso es que seguirán en ascenso hasta que el crecimiento mundial se desacelere por un periodo lo suficientemente prolongado como para que las nuevas opciones de oferta y conservación puedan alcanzar los niveles de la demanda. Esta economía global que semeja un tren desbocado tiene todas las marcas características de una gigantesca crisis en ciernes, tanto en lo financiero como en lo político y económico. ¿Encontrarán las autoridades alguna manera de lograr la necesaria coordinación internacional? Hacer un diagnóstico correcto es la manera de comenzar. El mundo como un todo necesita una política monetaria y fiscal más estricta. Es el momento de aplicar los frenos a este tren desbocado, antes de que sea demasiado tarde. |